De la literatura Queer a la acción

Enero 13, 2009 | Categoría: ARTE & CULTURA, COMUNIDAD, LECTURA & LITERATURA

Entrevista de Eugenia Torres a Osvaldo Sabino.  El autor de “La máquina del placer” habla del amor, de los conflictos socio-culturales, Michel Foucault, política y homoparentalidad.

Tu obra es un compendio de amores que se entrelazan con la tradición romántica, como establece la realidad cotidiana. ¿Buscás imprimirles una intención sociológica / moralizante o es simplemente la realidad de la creación literaria?
Es interesante que justamente hayas dicho “como establece la realidad cotidiana”. Mi obra no tiene ninguna intención moralizante, ni remotamente se me ocurriría hacer algo semejante aunque. Por supuesto, sí tiene la pretensión de resaltar ciertos rasgos que, por lo general, se ignoran. Vayamos por partes, te lo dividiré en una serie de puntos. Punto primero: se dice que el amor es una relación entre dos personas, la tan sobre valorada y sublimizada pareja tradicional, en la que se destacan el sexo, la dominación y la posesión mutua. Me opongo: el amor es mucho más que eso, tiene muchas y variadas formas, amor por los amigos, por los animales, por la tierra, la pareja, la familia, los hijos, la naturaleza, y la lista seria demasiado larga para seguir enumerando. O sea, el amor es mucho más que una simple palabra del diccionario. Y creo que, tanto en El juguete erótico como en La máquina del placer, dos de mis libros de relatos publicados en España, por Editorial Odisea, lo demuestro ampliamente. Segundo punto: dicen hasta el hartazgo que el día cuando el Amor golpee nuestra puerta (el Amor con mayúsculas, el de la pareja tal como lo predican los programas de televisión, y muchas novelas rosa—buenas y malas—que lo establecen como un ideal), nuestras vidas comenzarán a encontrar su cauce, y a partir de entonces todo tendrá sentido, y dicen también que si no llegamos a encontrarlo seremos menos que nada. Otra vez, me opongo rotundamente. Tal aseveración no tiene ningún sentido, menos aún cuando sabemos que el amor es una fuente de energía que surge de la autoestima y que puede adoptar múltiples formas y llegar hasta sitios en los que jamás hubiéramos pensado, y que toca a personas que jamás se nos ocurriría que podrían generarnos algún sentimiento. El amor excluyente, tomado como un ideal, es una trampa, un vestigio de la sociedad que cada día, ante la necesidad de sincerarnos, se aleja más y más del imperativo hétero-patriarcal ya tan obsoleto. Y ésta es una trampa tremendamente peligrosa, porque nos restringe excluyendo de nuestro horizonte muchas otras opciones, y con esto sólo logra que muchos seres acaben viviendo en medio de una profunda frustración. Este es un punto que he sostenido toda mi vida—y que he debatido en toda mi obra, poética, de ficción, teatral y ensayística—aún cuando todos, inclusive los intelectuales, me miraban como si estuviese loco. Por suerte llegó mi querido Profesor Foucault—fui su alumno en California—a quien tanto le debo, y sus palabras me dieron una mano, por lo menos entre algunos de los que lo leyeron, y me devolvieron al nivel de la así llamada “cordura social”. Eso es todo. Mi obra, aún La historia de las panteras y de algunos de los animales conversos, que relata mis días más oscuros, habla de muchas formas de amores, quizá de formas sobre las que nadie se había atrevido a hablar hasta ahora. Pero, lo más importante, a pesar de lo que digan las “lenguas moralizantes”, mi obra habla del amor que es tan necesario como el aire, del que tiene un solo nombre. Si lo hago desde una óptica diferente es porque me niego a aceptar lo que me han querido imponer desde la cuna. No creo que amar signifique esperarlo todo del amor, sacrificar ideales, autoestima, el respeto hacía uno mismo y hacia quiénes lo rodean por perseguir una idea que no se corresponde con la realidad. Tercer punto: el amor verdadero es el que da frutos… Una vez más, me opongo ¿Quién puede explicarme eso de los frutos? ¿Acaso va a dictármelo la iglesia, ya que es quien lo predica e impone? ¿Dónde están los frutos que dan los curas o las monjas? ¿Es menor el amor de una pareja que no quiere o que no puede tener hijos? Está probado, ante todos, que las leyes reproductivas las han establecido seres que no se reproducen, y que el aborto lo legislan entes de sexo masculino. Entonces, ¿con qué conocimiento de causa me hablan? Una acotación más: aquellos que más me han criticado, son las mismas personas que saben mejor que nadie que soy un ferviente creyente en el amor, o sea, personas que eran muy cercanas a mí, personas que me alabaron y me respetaron hasta que decidí nombrar al amor entre hombres con todas las letras, “ese amor que no se nombra”. Por suerte, a pesar de las malas lenguas, aún ellos saben que siempre he dado amor, a diestra y siniestra y que, afortunadamente, aún cosecho lo que siembro. O sea, lo que imprimo en mi obra es una combinación de los dos puntos de tu pregunta.

¿Crees que el amor homosexual tiene los mismos conflictos del amor heterosexual?
¡Por favor! ¿No te parece que ya es tiempo de terminar con esa serie de categorizaciones? El amor es el amor, punto y aparte. Es redundante esto de colgarle cartelitos obsoletos. De todos modos, creo entender hacia dónde apunta tu pregunta, y sé de dónde viene y qué busca. Te diré que, desde mi punto de vista, el amor homosexual, por toda una serie de circunstancias sociales, conlleva, casi congénitamente, un problema más: desde que nos damos cuenta cuáles son nuestros sentimientos, estamos forzados a interiorizar nuestra condición como algo “terrible”. Mucha gente, homos y héteros, predican que la situación ya está normalizada, que somos parte de la sociedad. Pero, por mucho que digan, eso es aún una utopía, la porción más grande de la sociedad no ve con buenos ojos una relación homosexual, y los otros tiene aún algunas dudas expresadas en sus dobles discursos. Para muchos, todavía seguimos siendo “anormales”. Y en eso incluyo a montones de individuos que nos sonríen por delante cuando les conviene, y que después manejan sus definiciones según como sopla el viento. Los he visto, los has visto, los hemos visto todos. No me creo eso de que la situación está regularizada, sólo miremos al gobierno argentino. Hace algunos años, en programa de televisión Kaos en la ciudad—conducido por dos homosexuales con huevos como el desaparecido Juan Castro y el siempre ascendente Ronnie Arias, ambos fuera del armario—se mostró al Presidente Kirchner antes de su elección hablando positivamente acerca de la homosexualidad, las relaciones de parejas homosexuales, la necesidad de implantar el casamiento y, más aún, de legalizar la adopción. Sin embargo, los meses pasaron, también los años, terminó su mandato, y no hizo ni ha dicho nada al respecto. ¿Hipocresía? ¿Estamos ante un caso más de doble moral? ¿Es Kirchner un cosechador de votos? Y aclaro que a pesar de decir esto es la primera vez que admiré y respeté a un presidente argentino. Después lo sucedió Cristina Fernández de Kirchner, ¿y qué ha hecho hasta la fecha? Nada, sólo medidas cosméticas para calmar los ánimos, no creo que ella se anime a más, ojalá me sorprendiera. Me parece muy triste que aún no hayan acallado, de una vez por todas, las absurdas mitologías que circulan desde tiempos inmemoriales acerca de la homosexualidad, los presuntos informes psicológicos según los cuales un niño no tendrá el mismo desarrollo si crece en una pareja héteroparental que con una homoparental, y todas las otras injurias que nos endilgan. ¿Acaso no recuerdan lo que alguna vez prometieron ante las cámaras? Yo me pregunto cómo en estos tiempos aún existen personas que puedan aceptar ciertos informes que desbordan de homofobia—y que no sé de dónde los sacan. La mayoría de los estudios serios acerca de la adopción, indican totalmente lo contrario, o sea, que cualquiera fuere la orientación sexual de los padres, en el momento de educar a una criatura lo que más importa es el cariño y la atención que le ofrezcan, ya sea papá y mamá, mamá y mamá, papá y papá, o papá o mamá. Pero la sociedad prefiere vivir atada al prejuicio, es más cómodo que tener que replantearse la vida contemporánea. Y, desgraciadamente, hasta este momento, tanto el ex Presidente Kirchner, como la Presidenta Fernández de Kirchner, parecen también estar adscriptos a esa moralidad. Por supuesto que hay una gran mayoría de personas que son muy fuertes y que tienen la capacidad de sobreponerse ante los prejuicios, pero no es fácil para todos. Sobre todo cuando ese prejuicio, ese desprecio, esa marginalización, nace en el mismísimo seno familiar, el sitio donde uno debe sentirse más seguro, más apoyado y alentado a desarrollarse sin vergüenzas ni culpas. Cuando tenemos que crecer internalizando constantemente que no tenemos los mismos derechos, la misma categoría social que los demás, que somos de segunda categoría, que no tenemos el derecho de amar a la luz del día, se nos hace muy difícil desarrollarnos queriéndonos a nosotros mismos, y es bastante más complicado poder brindar nuestros sentimientos sin ningún temor. La obsoleta asociación amor = sufrimiento me parece peligrosísima. Pero todo tiene dos caras, y el hecho de tener que confrontar relaciones en las que no nos presionan los estereotipos preconcebidos—“los domingos vamos a comer a lo de mamá”, “en unos años nos compramos el departamento, “nos casaremos y al poco tiempo buscaremos el bebé”, etc, etc—creo que es lo que—a los que lo asumimos—nos permite mantener relaciones más profundas, más creativas, más libres. Podría contarte todas las muchas teorías que tengo respecto de la pareja, de la familia nuclear del siglo xxi, tanto homo como hétero, pero una entrevista no alcanza para exponerlas todas. Además, creo que algo de eso ya he planteado en El Juguete erótico y también en La máquina del placer, como así también en mi próxima novela, Los unicornios del arco iris.

¿Cuál dirías que es la cualidad que te define?
Soy sinceramente torpe para todo. Siempre estoy tropezando, con lo que se me ponga en el camino, no hago ningún tipo de discriminación. Y cuando abro la boca, también soy torpe, porque digo lo que tengo que decir, y lo que se me antoja decir sin medir las consecuencias, y eso es muy malo en nuestra sociedad. Pero creo que en mis años de vida, muchas veces estuve conviviendo por largos períodos con la muerte, y no quisiera un día tener que irme inesperadamente sin haberme dado el gusto de decir lo que tengo que decir. Y también soy torpe para las relaciones públicas, vivo metiendo la pata, pero lo hago honestamente sin doble discurso.

¿Eso te ha traído problemas?
Infinitos, en todo nivel, por suerte, porque no me guardo nada, aunque me cueste.

O sea que no escondes nada.
No, no diría tanto, mi memoria está llena de túneles secretos, algunos que ni yo conozco ya. Todos creen saberlo todo de mí. Sin embargo, aún para mí mismo, hay montones de áreas que son invisibles. Sólo algunos pocos amigos muy cercanos me conocen como realmente soy. Siempre busqué que de mi vida, de mi mundo interior, se sepa nada más que lo justo y necesario, lo demás es casi totalmente mío. Ya ves, en mi vida profesional me hacen todo muy difícil, me atacan hasta de pornógrafo, ¿te imaginás si encima de eso tuvieran que ocuparse de mi vida personal?

¿Vas siempre de frente o preferís la imagen que te han creado y, debo decir, que alimentás públicamente?
¡Ja, ja, ja! ¡Pago altos precios por ir siempre de frente y al frente! Ojalá supiera qué tipo de imagen doy, ¿acaso de esnob, o sofisticado? No voy a decir que me la doy de sencillo, hasta yo sé lo complicado que soy. Pero no soy de los que temen que se le caigan los anillos ni mucho menos, los anillos me quedan muy mal, no los uso. Soy sincero y voy de frente, le joda a quien le joda, ni puedo ni quiero evitarlo, soy un tigre capricorniano, no tengo manera de escapar a eso. Y si alimento la imagen pública, debe ser sólo por autoprotección, sería muy aburrido ser intelectual veinticuatro horas por día, y conozco demasiados…

¿Es tu manera de presentar la condición homosexual literariamente, un modo de intentar redimirla?
Creo que debés ser una buena lectora y, como tal, sabrás—como lo saben todos los buenos lectores—que son menos que muy pocos los autores que escriben desde lo homosexual. No voy a hacer nombres, es innecesario, aunque la lista de escritores homosexuales—tapados o destapados—seria interminable. La mayoría de los escritores escriben desde lo masculino social, ya sean escritores con “e”, con “a”, o con “x”. Muchas veces me pregunto cómo es que nadie les cuestiona por qué lo hacen así. Nos han acostumbrado tanto a ese masculinismo social que muchas mujeres también escriben como hombres, aprenden de los hombres, piensan como los hombres, dan todo por sentado como los hombres. Lo mismo sucede con tantísimos escritores /as/xs que escriben desde el armario. A mí no me interesa escribir sobre el mundo heterosexual, ¿para qué? si ya el noventa y nueve por ciento de la literatura lo ha hecho. En fin, en la literatura, el universo homosexual es un territorio casi inexplorado, y a mí me interesa mucho más hablar de lo que nadie conoce, o de lo que no han querido hablar hasta ahora. Sobre heterosexuales ya está casi todo dicho, no hay nada que redimir, en cambio, sobre los homosexuales…, casi todo..

¿Cuántos hombres-armario te parece que aún pueden quedar?
Cualquier gay sabe que son muchos más de los que imagina la sociedad heterosexista. Te recomiendo darte una vuelta por los cuartos oscuros de los sitios gay, por las saunas, por ciertos “lugares característicos para conocer” gente: ¡están llenos de señores casados! Algo así presenté en el cuento “El vecino de al lado”, de La máquina del placer, entre otros. Conozco algunas personas que se dedican a esta clase de señores. No tengo idea qué es lo que les atrae de ellos pero, como digo siempre, si el zapato le calza, que lo use. Recuerdo una conversación que tuve con un vecino, un hombre corriente, joven, padre de familia, socialmente “respetable”, según él todo estaba muy claro: su pareja era su esposa, la madre de sus dos niños, la “intocable”, la imagen pública correspondiente a un “verdadero macho”. Pero, para él, su mujer no representaba el placer, eso sólo podía encontrarlo con otro hombre, ella era sólo un símbolo, lo que realmente sentía era una cuestión muy diferente y muy alejada a todo lo relacionado con su esposa. No conseguí comprenderlo, sentí cierta compasión por él, por un hombre frustrado por la educación que le había sido impuesta, lo vi prisionero de esa celda de la que, finalmente, él era el único arquitecto. Sé que la gente que vive en ese tipo de trampas es demasiada, y no me refiero a los autodenominados “bisexuales”, que para mí no lo son, creo que viven una falsa realidad, una máscara detrás de la que cobijan sus verdaderos sentimientos. Y no hablo sólo de los gay, también sé de la multitud de lesbianas adscriptas a esta hipocresía. Lo más difícil de encontrar—y no me refiero al mundo contemporáneo ya que es una realidad tan vieja como el universo—es gente que sea fiel a sí misma, a sus principios, a sus sentimientos, que sea coherente entre su filosofía y su modo de vida, y eso sucede en todos los órdenes sociales.

¿Cómo te sentís cuando te identifican con un icono mediático de la cultura gay?
Hace mucho tiempo que dejé de frecuentar los sitios gay. En España, por ejemplo, desde que se publicó El juguete erótico empecé a sentir que me acosaban pensando que era yo mismo el protagonista de esos cuentos, y que ya nadie me veía como el ser humano de todos los días, el que intento ser. ¡Ni que hablar cuando apareció La máquina del placer! Desde entonces reduje mi mundo gay a lo social, a lo político, a los sitios donde siento que nadie me acosa. No soy un ermitaño, pero elijo mis lugares, y me divierto muchísimo, y conozco gente sensacional.

¿Crees en la existencia de una cultura queer?
Indudablemente. La cultura queer es una realidad ineludible, las culturas son parte fundamental de cualquier minoría. Más aún si la vemos como una manera de reivindicación de un sector social tan vasto que es discriminado, agredido, denigrado e insultado sin descanso. Lástima que esta búsqueda de una reivindicación político-social, para poder triunfar siempre tenga que convertirse en una transacción comercial. Hoy en día los gay estamos logrando pequeñas grandes conquistas justamente a través del factor económico. Y, para mí, desde esa óptica, la lucha está comenzando a perder su sentido. Aunque, parafraseando al Che Guevara, si la liberación la logramos usando las armas del enemigo, bienvenidas sean. Ya sabemos que todo movimiento que se opone a la sociedad establecida muere el mismísimo día cuando las grandes tiendas comienzan a vender sus estandartes. Y el movimiento de liberación Gay se desarma en el momento cuando los gay se olvidan de exigir sus derechos y se dejan convencer de que lo más importante es gastar y gastar, convertirse en objetos del competitivo mundo de las modas. En nuestros tiempos—y en esto estoy hablando de la masa, no de casos específicos—pareciera que el poder gay se concentra sólo en tener el mejor cuerpo, vestir con la ropa que estará de moda el año próximo, llevar el cabello acomodado hasta el cansancio visual, posar cada noche en los boliches de onda, ser los más frívolos de los frívolos—que en verdad nos sobran en la sociedad en general—y discriminar o enviar al Club de los Osos a todos los que están excedidos de peso o se visten en la tienda del barrio. Para mí ese es el gran fracaso de la lucha gay de nuestros tiempos.

¿Existen los ghettos?
Por supuesto que existen, y ¡que suerte que los hayamos creado! Si todavía no podemos pasearnos libremente con nuestra pareja por donde se nos antoje, o con el novio de turno, ir tomados de la mano, darnos un beso, abrazarnos, como cualquier otro ciudadano que paga impuestos. ¿Cómo no vamos a tenerlos? Aunque esto hay que verlo de los dos lados. Para muchos, soy muy radical, porque la mayoría de los gay no hacen valer sus derechos, se olvidan de que, por ejemplo en Buenos Aires, no existen leyes que nos prohíban exteriorizar esas expresiones, sin embargo se automarginan. Yo vivo insistiendo que la liberación sólo comenzará el día cuando todos tengamos los huevos de comportarnos como cualquier hijo de vecino y si a alguien le molesta digamos “y ¿qué?”, cuando todos comprendan que tenemos los mismos derechos que cualquier otro contribuyente, que pagamos impuestos como los demás, o sea, que pagamos el alquiler para ser libres en el suelo que nos cobije, sea dónde fuere. Para luchar contra la homofobia, lo más importante es que reivindiquemos el espacio social, no sólo los ghettos que ya hemos conquistado, todo el espacio social. A mí no me alcanza con que me dejen ser quien quiero ser en esas tres baldosas de los ghettos que, tristemente, conforman a tantos gays, yo necesito asumirme en todas partes, no donde me dan permiso o tolerancia. La gente habla de Chueca, en Madrid, de Castro Street, en San Francisco, del Village, en New York, de cuatro o cinco boliches donde todos se desenfrenan en Buenos Aires, pero se olvidan que ésos son casos aislados. En los Estos Unidos son demasiados los estados en los que aún es penalizada la sodomía. Los ghettos sólo surgen en un sitio donde la opresión conservadora agobia. Lo importante no es que nos atrincheremos y defendamos eternizando con laureles esos ghettos que hemos sabido conseguir, la cuestión es que de esos ghettos luchemos para poder vivir dónde sea, sin miedo, sin vergüenza, sin armarios, y sin necesidad de tener un día del Orgullo Gay, otro ghetto más.

¿Por qué creés que tu obra posterior a los principios de los ‘90s no se publica en Argentina?
¡Vaya uno a saber! Si observás las realidades del mercado, quizá tengas una respuesta. Acá no hay una editorial que publique literatura queer, como las hay en otros países. Y las editoriales establecidas, no se animan, no quieren arriesgar, o tienen miedo del Opus Dei, no sé. Lo han hecho comercialmente muy pocas veces, con autores como el Negro Villordo, Ernesto Schóó, Héctor Lastra, Carlos Arcidiácono. Otros publicaron tímidas obras con toques homoeróticos, y muchos, como el injustamente olvidado José María Borghello, que escribió una de las novelas gay más brillantes que he leído, La Plaza de los lirios, y también pasó sin pena ni gloria. Hay otros—que por razones obvias no voy a mencionar—que se han tenido que pagar sus propias ediciones, y que han tenido que salir a venderlas ellos mismos ya que los distribuidores no les dan ni la hora a las editoriales pequeñas. Acá en la Argentina, a diferencia de muchos otros países, no se ha generado un movimiento literario gay, y que tenemos los elementos para que exista, ¡no cabe duda! Acá los escritores prefieren andar por lo que ellos consideran “lo seguro”, y los editores aún más. ¿Te imaginás? si no publican más que a algunos amigos que no entran en “terrenos peligrosos”, ¿cómo van a arriesgarse a publicarme a mí? Si yo escribiera lo mismo que escribo, pero con personajes heterosexuales, sería uno más en la lista de las grandes editoriales, pero como en mis obras el amor lo hacen dos hombres… ¡me tratan de pornógrafo! aún muchos que se llaman “mis amigos y colegas”. La sociedad Argentina está dominada por el prejuicio judeo cristiano, y se alimentan de la doble moral, y lo peor es que los mismos gay son los que se adscriben fervientemente a esos preceptos obsoletos. Así que, esa pregunta podrían contestártela ellos mejor que yo.

¿Quisieras agregar algo más?
Sólo que yo sigo en la lucha, desde mi posición intelectual y política, y eso involucra a todas mis actividades, la ficción, el ensayo, el teatro, la crítica, el periodismo y mi activismo. Al final de mi adolescencia he visto nacer el Frente de Liberación Homosexual, después sufrí la tortura, el exilio, los movimientos gay de otros países—tanto mexicanos, como estadounidenses y españoles—y las afrentas de muchos críticos pero, a pesar de todo, aún tengo fe, sigo creyendo que acá podremos alcanzar las mismas libertades que lograron ellos, algo que sólo se consigue con la unidad en la lucha. Y si siguen sin animarse a publicarme, en fin, lo siento, ellos se lo pierden, pienso que tengo mucho para compartir, seguirán leyéndome fuera del país, y en algún momento, algún librero con huevos, se animará a importarme.

Entrevista de Eugenia Torres. Publicado en www.sentidog.com

1 Comentario

ch dijo, Enero 19, 2009 @ 10:57 am

Interesante… Buscaré sus libros para leerlos. Alumno de ‘Foucault’. Qué privilegiado.

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